Las hormigas no paran de caminar en mi cuerpo.
Esto ya me pasó alguna vez
El familiar e incómodo cosquilleo
de un exoesqueleto perdido
que busca refugio en una piel
que aparenta disponibilidad.
No soy pasto ni tierra.
Soy indecisión, mugre y belleza.
Siento a este ¿insecto?
y su armadura expuesta
y siento la penosa risa y conciencia
de que mi refugio es blando:
carne gomosa, como una almohada
que se abre y escapa el relleno
cambia de color
sangra
cicatriza.
Hasta mis huesos,
que aparentan
hierro, madera o marfil
son gomosos, huecos y quebrantables.
El momento cuando uno se da cuenta
de que el roce de papel
en realidad es un corte
y la piel se desprende de una costa a la otra
clandestinamente
abriendo lugar para un mar rojo y salado,
es igual al momento en el que entiendo por qué
las hormigas
eligieron mi piel para aventurar.
El juego entre vida y muerte.
Claro está que la mínima molestia
en mi terreno
podría desatar una reacción
voluntaria o involuntaria
un descuidado cachetazo
silenciador de movimiento.
Entendí.
Muerte y vida.
Latimos y sentimos pero nuestra primer coraza
consiste en células muertas.
Polvo.
Cáscaras.
Asique no me molesta estar muerta por fuera.
Si me molestaría estar muerta por dentro.
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