domingo, 14 de junio de 2015

SHO, ESCATOLÓGICA.

Esto es para vos, hippie con OSDE.

En mi vida, tuve que conocer a un montón de forros que destrozaron descaradamente todo lo que creía.
Así les digo.
Yo creía que la solución para los problemas de la humanidad eran la unión. La no violencia. Hacer las paces: que nada nos importara… tomarnos de la mano, mirarnos a los ojos y darnos cuenta que ambos somos humanos, que queremos vivir en paz y armonía.

Les quiero contar que hoy leo esta bosta, y agradezco al cosmos y a tu vieja por haber conocido gente forra.
No encuentro más el insulto en “la forrada”. Un forro es un artilugio protector. Una barrera contra lo que no queremos: lo prevenible. Como la cobardía.

La cobardía es prevenible: con información y acción, que se puede encontrar con interés, ganas y pasión por correr el velo de la realidad y hacerse cargo de ella, uno puede dejar de ser un pusilánime. Así llamo a la gente cómoda: la que ve un problema, y no hace uso de sus atributos para tratarlo como tal. Esta gente, carente de valentía, se ¿asusta? ¿espanta?... se siente amenazada cuando sus ilusorios mundos berretas explotan como un maiz que muta a pochoclo en el microondas.

Entonces, como no tienen recursos para defender su falta de voluntad personal para cambiar una supuesta inamovible realidad cubierta con un manto color de rosas con olor a pedo de unicornio, se enojan con el que sí mueve el orto (y muy bien, a propósito) en la meneada dolorosa y constante que es “hacer algo”. Sí, correrse del teclado, la idea y la imaginación para poner el cuerpo y las palabras en las pistas. Que todo deseo de cambio cobre forma y movimiento.

Se enojan estos pobres tristes, flojos de valor pero excesivos de atrevimiento: osan preguntarle al sufrido actor social por qué lucha por lo que lucha y no todos los problemas del universo.

El actor social ya está cansado de todo lo que que tiene que oler por día. Aromas deliciosos, como flores, muffins recién salidos del horno, libros nuevos… y aromas de mierda. Real mierda. El actor social percibe todo por haberse soplado la nariz. Soplarse la nariz es una decisión responsable: sacarse de uno lo que adquirió por circunstancias ajenas y pertenecientes a él. Uno puede tener mocos por alergias, por exponerse a situaciones que disminuyen la temperatura corporal y activan la bajada de líquidos nasales, etcétera. Hay infinidades de razones por las cuales uno puede tener mocos. Hay gente que elige dejar sus mocos donde están porque nunca se los cuestionó. Es una tarea muy ardúa reconocer los mocos de uno y ni hablar de tomarse el tiempo y paciencia para extirparlos.

Ahora, he sido sumamente irrespetuosa en el armado de este texto y voy a intentar ser generosa y desmenuzar la metáfora para los que no entendieron: el olor es lo que hay. La sociedad. La nariz es uno. Los mocos son lo que te enseñaron: ideas. El pañuelo es algo que buscás para sacarte los mocos. La boca es por donde hablás.

Nunca vas a dejar de tener mocos porque todo lo que sos es una construcción: una nueva configuración de lo preexistente. Cuando te soples los mocos, vas a tener nuevos mocos porque necesitás la mucosa como cimiento defensor de enfermedades. Es fundamental para tu funcionamiento como unidad. Lo que tenés que hacer con tu mucosa para que sea propia es nunca dejar de sonarte los mocos, armando así un ciclo de introspección, cuestionamiento, regeneración y  afirmación de todo lo que te compone y te mantiene erguido hasta que te morís. Ahí no hay más mocos. Nadie va a guardar tus mocos en tu memoria: es poco higiénico. Los mocos son personales, de cada uno: irrepetibles. Lo importante es cómo nos sacamos los mocos todos: ¿Qué reformas se le pueden hacer a los pañuelos? ¿cómo podemos sacarnos los mocos más eficientemente? Estas cuestiones si involucran a futuros portadores de mocos.

Volviendo al tema, porque me emocioné demasiado con la metáfora mucosa... a los abúlicos con la nariz tapada, que respiran por la boca y se les secan las ideas: ¿ustedes, qué mierda hacen además de preguntar si alguien más puede hacer lo que quieren para el mundo? ¿Quieren que metamos nuestros dedos en sus narices para que puedan respirar claramente? Eso, amores, lo deberían hacer ustedes. Por ustedes. No para desmerecer como me saco los mocos yo.

viernes, 5 de junio de 2015

Perfo: Sangre Derramada.

Registro de la primera performance de mi autoría que efectué el 3/06/2015 en la concentración "Ni Una Menos" en el Congreso de la Nación Argentina.

Preámbulo.
Mi sangre menstrual me ha fascinado desde el momento en el cual me encontré con ella.
Siempre que menstrúo, juego y me asombro con las formas que produce ese líquido que sale de mí: representativo de ciclos, juventud y mortalidad.
En agua y toallas, me sorprendo con orgánicos tests de Rorschach.
Así como la menstruación me acompaña, mi relación con ese mismo proceso es complejo.
Desde que me enseñaron que es lo esperable o deseable en un cuerpo con útero, también me enseñaron que es algo que debe ser ocultado, o considerado asqueroso. En las publicidades, la menstruación es un líquido azul fantasía. En la vida real, para ir al baño, he escondido tampones y toallitas en bolsillos o carteras. ¿Para qué? ¿Por qué no explicitamos lo que sucede?

¿Qué estamos construyendo?

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No puedo no pensar en los cuerpos. Los veo todos los días. Me encanta observarlos e imaginar qué hábitos los constituyen. ¿Qué hace ese cuerpo? ¿Qué provoca placer en él? ¿Qué partes crispan cuando siente miedo? ¿Cómo será desnudo?

Antes de desnudarme yo, recuerdo que vivo en una sociedad donde todo lo que me inspira curiosidad es tabú: la sangre. Los cuerpos. La desnudez. La exposición. La decisión. El deseo. El deseo es tabú.

En esta sociedad que una mujer decida enorgullecerse por su sangre y su cuerpo desnudo es tabú.
El patriarcado dice que esa mujer no se respeta.
El patriarcado condena al deseo femenino ("¡A Melina le encantaban los boliches!") con femicidio.

A mí también me encantan los boliches.
Me gusta mover este cuerpo.
Me gusta exponerlo y gritarle al mundo que me muevo y giro con él.
Me encanta cuando me chorrea sangre por la pierna.

Que los cuerpos vivan.
Que la sangre derramada sea la menstrual.

No de las pibas
que antes bailaban conmigo.



Preparación.
Mientras se acercaba la fecha de la concentración, pensaba la curiosa casualidad de que estaba menstruando. Conociendo mi antigua afición por la menstruación y los eventos recientes pero antiguos también, esta idea apareció en mi cabeza: ¿Por qué es tan corriente la noticia del asesinato de mujeres pero no el empoderamiento de sus cuerpos? ¿Por qué la sociedad purga mujeres y no lo innecesario? ¿Qué es lo desechable? ¿La sangre o la mujer?

En mi cabeza, aparecieron varias frases. Hablé con amigxs, artistxs. Gente colorida con la cual tuve el placer de cruzarme en la vida, y en la cuál confío: Paula Naanim, Amy Pellegrini, Karen Bennett, Rafa te Violento, Lisandro Berenguer y mi madre, Evangelina D'Andrea. Lxs agradezco con intensidad eterna por todo (no estoy hablando solamente de "Sangre Derramada").

El día de la concentración fui a comprar todo el material que necesitaba: cartulina, fibrón y una bombacha blanca para que se vea mi sangre. Admito que me preocupé porque estaba en el día 4 de mi ciclo, por ende mi flujo era leve. Sin embargo, recordé que la acción era lo importante y no la cantidad. Me puse la bombacha. Al rato, bajó sangre y con ella pinté mi cartel, con la frase elegida: "¿Esta es la sangre que te molesta?".
Foto de Claudio Santisteban

Congreso.
Vestida con borcegos, una pollera y una bolsa de consorcio, me acerqué al Congreso. En el trayecto, me empezaron a temblar las piernas porque no comprendía la cantidad de gente que estaba caminando en la misma dirección que yo. Fue esa sensación que se siente en pocos y especiales momentos: "algo está pasando".

En la multitud encontré a mi amiga Victoria Cortón. Juntas, caminamos entre el calor humano, en búsqueda de la Marcha de las Putas, que para mí es como un pequeño hogar. Donde están las putas, quiero estar yo. En el mar de personas, vi al logo rojo en la esquina de Entre Rios y Rivadavia. Tardamos en llegar.

Fue una de esas únicas veces en las cuales no me molestó llegar tarde.

Ya en casa, me saqué la pollera y saqué mi cartel.

Mi madre, antes de la concentración, expresó su preocupación por mi bienestar, pero no me pasó nada desagradable. Tal vez recibí alguna mirada desconcertada, pero no me molesté por esas turbaciones: yo sabía que estaba diciendo. Sostenía un cartel con una pregunta. El resto del trabajo no era mío, sino del espectador.

Me sacaron fotos, me hicieron preguntas.
Sonreí, lloré y abracé.
Fue un día muy conmovedor.