Lo que sí puedo afirmar: su presencia, vasta existencia, me relaja.
Aroma y sonido de olas: sal. Purificar. Purgar.
Música mojada. Cielo donde nadar. Infinidad.
Dejarse ahogar. Desahogar.
Yo estaba bien, junto a él.
Y me sorprendió un bichito que penetró mi cráneo.
Con sus garras, caminó por toda mi columna vertebral
hasta que se arraigó a mi cerebelo.
Me tomó por sorpresa y me asusté,
creyendo incrédula que mi amigo me estaba traicionando.
¿Era el rocío veneno? ¿Un halucinógeno para hacerme creer
que yo podía sentir calma? ¿Un osado intento de sentido?
Tiesa, intenté olvidar lo que estaba sucediendo,
pero el bichito cada vez cavaba más profundamente
mis tripas, líquidos y terrores.
Me retorcí. La presión en mi cabeza incrementaba
mientras el insecto me privaba de oxígeno.
Me hice roca: impenetrable. Un muro.
Indestructible.
Pero eso sólo me hizo triste.
Fría, insensible.
Pensé en la grandeza que se desplegaba eternamente
frente mis ojos
y mi alma dolida.
Me hice espuma.
Dejé que el viento atravesara cada poro en mi piel
y el bichito voló con él.

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