Me subo al bondi
re porteña
con un vestido de colores.
Veo un asiento disponible.
Me acerco a él, y me sonrojo por el faux pas: una mujer estaba por sentarse.
O no.
"Voy adelante", me dice.
Entonces la viejita al lado mío,
queda pagando.
Todo su cuerpo a un costado,
para que yo entre.
"¿Me siento?"
"¡Sí! Pasá."
Me siento.
La siento.
Todo el tiempo mira hacia el costado,
mi costado.
Con mi periférica, registro que
mira hacia la ventana
o mira sus ganas de que alguien le diga
"Hola. ¿Cómo estás?"
No digo nada.
Yo también me muero de deseos.
La llama alguien. Busca en su cartera, atiende.
"HOLA?!?" grita, con voz para que alguien escuche.
Que alguien escuche.
Todo el viaje quiero hablar,
pero no hablo nada.
Pienso como el contacto está en peligro de extinción.
Como el pudor es preferible ante el interés.
Escribo este poema en mi celular,
cuando me llega un mensaje.
Cambio de aplicación como rompo un papel, y como si mis dedos fueran las patas de una araña, lo contesto.
"¡Qué rápido!"
La señora rompe el vibrante silencio.
"Reaccioná!": palabras de mi interno.
"Eh... Sí."
¡Me habló!
Me pregunta cómo hago. Le digo años de experiencia. Desde los 8 uso teclados.
Reconoce nuestras condiciones pero no cesa de estar asombrada.
Indago para saber si su celular, el cual escuché pero no observé, es touch.
Es un nokia, de los de piedra.
Me cuenta de sus nietos. Relata anécdotas sobre ellos, y como su nokia es casi un objeto mitológico.
Sonríe. Me toca.
Se para para bajarse en Corrientes,
Y yo me quedo ahí,
sola
con una sonrisa en mi día.
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