sábado, 28 de febrero de 2015

Seventeen

Hay un momento elemental, bisagra en la vida de la pendeja cheta en el cual ella se da cuenta que ninguna chica de 17 realmente lee la revista “Seventeen”.


Cada persona elige su libro sagrado:
algunos la biblia, yo: la cultura pop.


Toda la pubertad leí ávidamente
prestándole atención al detalle,
y cada consejo de vida: ¿así voy a conseguir un novio?
y obsesivamente me acomodaba el pelo detrás de la oreja porque decía que esto demostraba
apertura e interés.


En mis labios jóvenes y vírgenes
yacía más gloss que baba porque así
la carne atrapaba la luz y los brillitos
intimidaban a mis compañeras menos coquetas.


Horas analicé cada método de embellecimiento,
cada combinación de color (en mi piel convienen los tonos cálidos)
forma y textura
de ropa, piel, cabello y alimento.


Recuerdo (pocos saben esto)
que un verano contróle mis porciones, tomé cantidades obsenas de agua, y anoté todo.


Recuerdo vivir la vida con algo que no puedo llamar consciencia sino vigilancia:
Era un panóptico de mi misma.


¡Vaya a saber que iba a pensar la gente
si me agarraran sin estar parada derecha,
sonriendo como una modelo
con toda la ropa a la moda!


¿Qué era la vida sin una guía
de lo que estaba aceptado?
Me imaginaba un monstruo
domado, depilado pero posiblemente atractivo
gracias al esfuerzo de mi preparación
diaria y meticulosa.


Todo estaba bajo control
para enterarme años después
que el sexo se compartía haciendose explícito,
no con crípticos ojitos de Bambi,
remarcados prolijamente con rimel y delineador,
lápices que trazan y ocultan a la vez,
mapas de confort falso
que no llevan a nadie a ningún lado.
Los caminos se enredan y confunden más


En esos ojos que anhelan opacidad,
el receptor puede ver,
pero no algo tan
tímidamente audaz
como el gran signo de pregunta:
“¿Te gusto? ¿Funciona?”.
En la conversación donde nadie se está escuchando,
excepto esa nena y sus demonios.


A ella, que se siente inadecuada y sola,
a pesar de la companía de su corpiño push up,
goma espuma tan vulnerable a la destrucción
como su amor propio.


Le digo:
La mejor versión de vos
es la desnuda,
la que enamora,
no con la belleza aprobada por una revista
sino con la única: la tuya.

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