Nunca conté esta historia.
Unx tiene miedo de cruzarse a un lobo.
Así lo dicen compañerxs
y en fábulas,
cuentos para niñxs.
Un lobo.
En un cerro cruzarse a un lobo.
¿Qué hicieron los inocentes lobos?
Especismo berreta.
No tengo miedo de cruzarme a un lobo.
Le tengo terror al humano.
Protejo su identidad
aquí
porque esto es una fábula
o un cuento para niñxs
para lxs compañerxs.
“El de 30 años” lo apodábamos
con mis amigas
entre clases,
recreos.
Lo escuchábamos por radio,
riéndonos por una canción
o carisma.
Así era nuestra relación:
platónica, virtual.
Audiovisual.
“Qué linda que estás acá”.
“Me estoy tocando”.
“¿Vos te tocás?”.
Quince años.
Treinta.
Me temblaban las manos,
la panza y el sexo
contestándole que sí
o que gracias.
O evadiendo.
Yo quería acercarme
pero era virgen
y no quería
arruinarme para siempre.
No por virgen,
sino por hechizada.
Magia
manipulación
de un macho.
Sabía que jugaba con fuego.
Le dije que la ley, que la edad.
Que se enteren.
Él me contestó
“yo no soy tu príncipe azul”.
(Todo esto es una aproximación.
Borré todas las conversaciones.)
Claro.
¿Pero qué pensaba?
Hablando con una nena.
Le dije que no quería mentirle a mi mamá
y no le hablé nunca más.
Hace unos días
me lo crucé en el cerro.
No lo podía creer.
Se retorcieron mis tripas
como cuando ves a una persona que no querés ver.
Así como todas las metáforas de la montaña
recordé:
que una vez arriba, la única dirección es abajo
o morir congeladx.
Ni altitudes ni kilómetros
me alejan de lo que me daña.
Como cuando esquío,
debo entrenarme, fortalecerme
para que cuando vea al lobo
sepa escapar
o matarlo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario