Nota de autora: Este texto seguiría en edición por cuestiones ortográficas o reiterativas (no conozco muchos sinónimos de "performance" y "perturbar"), pero lo publico hoy porque tengo una irrevocable necesidad de expresar lo que siento. Invito a todxs al debate.
La primera perfo de mi vida sucedió en el marco de la clase de Historia Social del Arte (cátedra Figari, sustancial) en la Universidad Nacional de las Artes. En la misma, bajé las escaleras al patio, sacandome una prenda de ropa en cada escalón, hasta quedar en bombachón y pezoneras. Cometimos esta elección entre compañeros, porque la intervención nació a partir de un deseo de aprobar la materia, y para seguir estudiando en una institución, no conviene ganar sanciones por comportamiento disruptivo.
Al terminar el trabajo, nuestra docente (María Marta Hovhannessian, persona de gran envergadura intelectual y sensible), nos felicitó porque habíamos logrado lo que nos propusimos: representar las vanguardias latinoamericanas, utilizando el recurso de la performance como disparador accionante.
Subimos al aula para analizar los trabajos presenciados ese día. En determinado momento surgió (no recuerdo por qué razón), la siguiente declaración: “Si ella se desnuda, ¡cualquiera la puede violar!” A partir de ahí nació una discusión, donde la conclusión fue “un cuerpo femenino desnudo no es una invitación a la violación”. Genial.
Ya nace en esta pequeña anécdota un debate sobre la intervención y el consentimiento: ¿cómo se crean los límites cuando el sujeto se expone deliberadamente a una situación de riesgo?
Esa fue mi primera perfo. Comparto otras experiencias de exposición deliberada: en la Marcha de las Putas del 2014 no gestioné un hecho artístico consciente, pero vestí un corpiño fluorescente y rosado, con las palabras “NO SOY UNA INVITACIÓN” escritas con marcador en mi torso. El día 3 de junio de 2015 (#NiUnaMenos), caminé por Congreso en tetas, vistiendo una bombacha manchada con mi sangre menstrual.
Conociendo la sociedad en la cual vivimos ahora (ayudo con algunos adjetivos: misógina, heteronormada, homolesbotransfóbica, capitalista, represora), nadie que le importe mi salud me aconsejaría desnudarme en un ámbito público, por lo antedicho: primero, soy mujer por ende soy considerada un cuerpo únicamente útil para ser penetrado y desechado ante el ojo machista, generando de mí un blanco fácil para recibir violencia no consensuada. Segundo: la sociedad es represora. Esto, en nuestro contexto actual, no me perturba tanto como otras condiciones, ya que no estoy en contra de encerrar a quienes me pueden dañar. La sociedad es represora, por ende, si yo rompo una ley (exposición indecente), me van a encarcelar. Resumiendo: no me atrae la idea de recibir violencia no consensuada o de que me encarcelen, asique por esta razón no me desnudo en público frecuentemente.
Entonces, ¿por qué lo hice?
Porque cuando estoy ubicada en ciertos contextos (feministas, rodeada de personas en las cuales confío), puedo hacer cosas que no haría en otros contextos, porque me siento protegida y habilitada para hacer lo que desee respecto a ciertas motivaciones, que pueden tener o no sentido para ciertos sectores.
Respecto a mis exposiciones, he recibido los siguientes comentarios: “no es necesario” y “¿para qué harías eso?”.
Últimamente estoy registrando varios comentarios del mismo calibre, respecto a una situación controversial que sucedió en la facultad de Sociales: dentro del marco Miércoles de Placer del Área de Comunicación, Géneros y Sexualidades - UBA, como previa a una charla y debate, se realizó una intervención en la planta baja de la misma, donde un grupo de personas desnudas o semidesnudas penetraron a otras con objetos como micrófonos. La acción culminó con el desecho de los fluídos corporales de estas personas sobre la mesa de un partido político. “Hay gente que no quiere verlo”, “es otro nivel”, “ya es burdo”. Relaciono estos dichos directamente a los que yo recibí porque ambos sugieren un exceso, obviando, en mi caso personal, la frase “hay gente que no quiere verlo”. Como mi cuerpo es uno que se acerca a los estándares de belleza convencional, y la gente rápidamente asume que soy una mujer cis, puedo intuir que la exposición de mi cuerpo no es una molestia grave para el sistema ya mencionado, ya que mayoritariamente me percibe como objeto sexual, sin la excepción de los que condenan la acción de un cuerpo que consiente esa exposición.
Verbo que leí cantidades de veces sobre el hecho que transcurrió en Sociales: “imponer”, con un discurso parecido al siguiente: “los individuos que hicieron esto impusieron en la cotidianeidad de los transeuntes una situación extraordinaria, ignorando por completo el consentimiento de los mismos”. Antes de desarrollar mi postura respecto a esa noción, necesito hablar un poco más sobre los contextos y el arte.
¿La intervención fue arte? No soy quien para definir a las actividades o producciones que movilizan a la humanidad. Algo que comprendo del arte es que es una comunicación. Es decir, hay un emisor, un receptor y un mensaje transmitido.
Encuentro que muchos se preocupan por la efectividad de la emisión o recepción del mensaje, o del significado del mensaje mismo. Yo tomo la postura de que no es mi trabajo calificar o comprender la génesis o el fin del trabajo de otrxs. Prefiero investigar que genera en mí y por qué.
Con el propósito de enriquecer los temas de este ensayo, voy a indagar sobre los límites del arte en tanto al consentimiento de quienes lo perciben.
¿Por qué importa la condición artística de la intervención? Porque es perjudicial compararla con una negligencia del consentimiento en otro contexto. De esa manera, nos veremos obligados a crear una sociedad donde no se permita ninguna omisión del consentimiento, y esto arrunaría el goce del arte (o de la vida misma) para siempre.
Asique sí, leés bien: los actores de la intervención no se preocuparon por consultar a todos los transeuntes de la facultad de Sociales si les molestaría que ellos hagan lo que hicieron. ¿Esto es una fatalidad para todo el trabajo activista de informar sobre y alentar el ejercicio de consensuar las acciones que incumben a los individuos en sus relaciones y ámbitos sociales? No.
Reducir el consentimiento a un concepto simple y absolutista es una acción irresponsable. Declarar “es claro”, “siempre/nunca se da de esta manera” es útil para informar de manera rápida y medianamente eficiente a un grueso ignorante de la sociedad sobre lo que es el consentimiento en ciertos ámbitos. Dentro del activismo, es preocupante que no reflexionemos sobre los grises del mismo. Hay contextos sociales donde no se consensúa de antemano y no se perturban las libertades individuales del otro. Uno de estos contextos es la intervención artística, y ya desarrollaré por qué.
El hecho artístico es comunicativo. Acción y reacción. ¿Cómo es posible una reacción genuina por parte del destinatario involucrado en la performance, con un consenso de antemano?
Un poco de información sobre el consenso y el consentimiento, para repasar (el siguiente texto no mío. Es de Amor Libre Argentina):
“El consenso es un acuerdo basado en intereses compartidos respecto a una actividad y delimita en qué condiciones se dará esa actividad: cuándo, dónde, cómo y con quiénes. Los consensos deben ser negociados en la mayor condición de igualdad posible. Una vez dentro de ese acuerdo, las partes pueden dan su consentimiento para diversas situaciones. Este consentimiento debe ser informado y lo más explícito que se pueda. Se da con palabras y siempre tiene que ser honesto. Como el consenso, el consentimiento no puede negociarse en condiciones de ignorancia de una situación, o en condiciones forzadas o en las cuales medie la manipulación emocional por culpa, miedo o cualquier otro factor.
Para poder ser válidos, tanto el consenso como el consentimiento deben poder ser retirados, revocados o anulados por cualquier de las partes en cualquier momento. Cada persona tiene el derecho a elegir qué consensúa y qué consiente y qué no y la obligación de respetar el consentimiento ajeno y los consensos que haya negociado.”
La intervención artística trae como consencuencia la generación de una reacción en el otro. Llamar al hecho artístico manipulación emocional es una aberración: la manipulación es una acción que implica influir en la voluntad del otro, con los mecanismos de la disparidad de poderes o facultades entre los sujetos. La performance es una invitación contundente a reflexionar sobre lo que no reflexionamos en la cotidianeidad. La performance penetra sin permiso a la cotidianeidad: así funciona su efecto visceral y reflexivo… La performance genera sin que la soliciten como lo mismo que la performance denuncia: la realidad. El arte no puede ser cotidiano. Arte y realidad no son entidades intercambiables. Si pudieramos intercambiar arte y realidad, erosionaríamos lo vital de la experiencia artística: que es un acto de voluntad.
Detallo sobre la voluntad desde dos visiones que conozco: artista y espectador. Desde el punto de vista del artista: nadie le pide generar lo que hace. La biología del ser humano requiere de agua, alimento, homeostasis. El homeo sapiens puede vivir sin arte. Pero el ser humano ha demostrado que el arte es necesario como herramienta política, expresiva, sensible, instrospectiva.
¿Cómo involucra la voluntad al espectador en la performance?
El hecho performático depende indispensablemente del consenso de los involucrados. La anulación de este consenso por cualquiera de ellos no destruye la totalidad del hecho: solo remueve un componente de la totalidad de la experiencia artística.
Es decir, la performance es un juego, donde quienes lo proponen invitan a quienes están presentes a participar o no. Si una persona calificara al mismo como una zonzada inútil, la condición de “arte” dejaría de existir para esa persona, no quitando el hecho de que para otros involucrados, la performance podría estar cargada de valor artístico, signficativo, relevante. ¿Es arte o no es arte? Lo es desde el momento que existen quienes lo perciben de esa manera. Sin embargo, que uno no encuentre gracia o disfrute al juego no implica que el juego deje de existir.
Sugerir que las libertades individuales están siendo abusadas por la performance es una contradicción por la condición de la misma. Cuando se delimita que es un hecho artístico, por las características que sean (que pueden ser infinitas: aquí hay que prestar vital atención al contexto… en el caso “Sociales”, ya la interrupción abrupta de la normalidad es un indicio claro), uno puede accionar acorde a sus deseos: quedarse y presenciar el espectáculo, o descartarlo como tal y ejercer los objetivos que tenga. Por ende, la performance es incomparable al descuido del consentimiento en un contexto que no sea la performance.
Respecto al caso “Sociales”, compañerxs activistas resaltaron una similitud entre un acoso callejero y la performance elaborada, por la sorpresa de enfrentarse con genitales siendo estimulados. Esta falaz correlación se desmorona con las intenciones de ambos hechos. En un caso, una persona se aprovecha de la condición de género de la otra en un contexto que es la sociedad machista y patriarcal, donde aquella que es victimizada carece de derechos y respaldo para defenderse ante las injusticias de este sistema. El otro caso involucra a un grupo de personas interviniendo un espacio cotidiano donde los perjudicados son ellos al exponerse. No niego la similitud entre ambos casos de perturbar el orden de la normalidad. Pero el primero viene acarreado con la intención de salir impune en el acorralo de la integridad de una persona, acompañada por un saber presupuesto de que esta impunidad es posible gracias a un sistema habilitador. El segundo caso tiene la intención de generar una conmoción.
¿La conmoción es un disturbio para la sensibilidad de ciertos sectores? No lo dudo. Algunxs compañerxs afectadxs por el evento en Sociales denunciaron que el contenido sexual pertinente al mismo podría ser traumático para personas que vivieron abuso sexual porque este involucraba sexualmente a quien lo presenciaba.
Hay dos declaraciones implícitas graves y poco felices en el discurso de estxs compañerxs: la primera es equivaler la sexualidad a un abuso. Sugerir que los cuerpos desnudos en situación de penetración son un disparador directo de trauma para lxs que sufrieron abuso sexual es reducir la capacidad de sanación del mismo a una idea básica e improductiva: que la gente que fue victimizada sexualmente, es incapaz de reasumir su cuerpo y sexualidad (y la de otrxs) de una manera placentera.
La segunda declaración implícita es la de la involucración sexual del espectador. Aquí se confunde un hecho semejante al juego de la performance: involucrarse en un evento depende del deseo y las motivaciones del involucrado. Como ya aclaramos: no hubo un consenso entre todos los que caminaron por la planta baja de Sociales el día de la intervención polémica, por ende, los que presenciaron lo que presenciaron no pudieron borrar el hecho: se involucraron consecuentemente. Ahora, si esa involucración es sexual, depende del rol que el espectador asuma. Si unx se identifica como partícipe de un hecho sexual excitante, vivirá la experiencia acorde a esa identificación. Si unx se identifica como espectador atento pasivo a la acción, idem lo antedicho. Si unx identifica que tiene el derecho a intervenir en los hechos que se desarrollan, idem. Si unx identifica que la intervención es una revocación de los derechos de ellx o un grupo de personas, esa persona puede interrumpir la performance con la ayuda de las fuerzas justicieras en ese contexto.
El flyer de esta edición especial de “Miércoles de Placer” anunciaba la llegada del posporno a sociales, como una propuesta para ampliar el imaginario pornográfico y experimentar otras formas sexualizadas de habitar el espacio universitario.
Palabras de Laura Milano, de su libro “Usina Posporno”: “Basta una película porno para encontrar aquellos recursos que una y otra vez se repiten en todas las otras películas del género: el sexo es penetración, eyaculación, orgasmo. Siempre el mismo relato con el mismo 'happy ending'. Esta fórmula responde a la concepción de la sexualidad heteronormativa (donde lo ´normal´ es lo hetero) y coitocentrada (donde el sexo es el coito y los genitales son la única zona erógena del cuerpo). Frente a esto, la pospornografía propone una completa deconstrucción de género: las dicotomías de masculinidad/femineidad, varón/mujer, penetrador/penetrado, activo/pasivo son asumidas como construcciones o tecnologías; es decir como posibilidades y no como esencias”.
Algunxs expresaron disgusto ante la propuesta de experimentar otras formas sexualidadas de habitar el espacio universitario, con el argumento de que “ese/varios espacio(s) ya está(n) sexualido(s), ¿para qué sexualizarlo(s) más?” Esta es una duda o crítica hacia los métodos o motivaciones de la intervención, y ya aclaré anteriormente que no tengo interés en meterme en ese terreno. De lo que sí me interesa elaborar una hipótesis es sobre la cosificación y neurosis alrededor de la sexualidad. Mi hipótesis es que la sociedad no está sexualizada, sino que los medios e instituciones desfiguran a la sexualidad disminuyendola a un producto generador de angustia, para mantenerla pública en tanto esta sea para el consumo heterocisnormado, y privada en tanto que la misma sea para el goce de identidades que distan de ser el consumidor ideal.
La sexualidad está dominada, ultrajada y opacada por ideales irreales y dañinos que nos alejan de una práctica saludable con quienes nos relacionamos y nosotrxs mismxs. Tanto, que la más mínima presentación de lo que se supone que debe ser privado, genera un revuelto anti libertad expresiva, corporal y sexual, pro “deberían haberlo hecho en un aula en vez de la planta baja”, argumento cínico que contradice el efecto interruptor de lo ordinario de la performance, con justificaciones torpes como que la presencia de cuerpos desnudos en situaciones inesperadas es violenta.
¿Qué cambio sucedió sin un impacto violento que perturbara las estructuras establecidas?
A mí como artista me conflictúa la fiscalización de los cuerpos y los espacios. Me preocupa e incumbe la pobre disposición en este diálogo, que está ocupado por un medidor de lo desagradable en vez de la rigurosa y dedicada investigación del porqué de una reacción, degradando a la intervención artística y política a algo que debe agradar o tranquilizar al prójimo. A partir del descontento de la intervención en Sociales, nace un reclamo que sugiere suprimir otras como la misma. Entonces, ¿qué intervenciones se podrían permitir? Esta limitación es nociva para la posibilidad de nuevas formas de quebrar los paradigmas conocidos del arte, la política, la educación, lo privado, lo público, los medios... (agregado el 4/7)
Agradando y tranquilizando jamás se logró una revolución. Los cuerpos están sedientos de libertad. La incomodidad es el grito que colectivamente generamos, pero pocos nos molestamos en escuchar.
Bibliografía:
www.amorlibre.org
A coger (en público) que chocan los planetasAcademia, libido y vergüenza (Anfibia)
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